Ser transfigurados

21.02.2013 17:08

 

EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 9, 28b-36

-Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

La autenticidad de estas palabras sigue siendo válida hoy en día. Descubrir la gloria de Dios en Jesucristo es, sin duda, algo que transforma el corazón y, por ende, la misma vida. Siempre que me acerco a Dios lo hago con la confianza de que junto a Él las cosas son de otra manera distinta. En Él no hay falsedad, ni mentira, ni fingimiento, ni nada parecido a lo que no sea autenticidad. Una de las cosas que más me ha hecho sentirme cerca de Dios siempre, ha sido el saber que Él no me juzga, que ante Él no tengo que disimular nada, ni tan siquiera aparentar lo que no soy o lo que no siento. Cuando el amor se personaliza en la experiencia de la cercanía de Jesucristo, siempre se está feliz, parece como si pensar la vida fuese solo un entretenimiento que no va más allá de la simple preocupación diaria. Podría pensarse que lo más bello es estar contemplando su gloria, y lo es; pero no podemos olvidar que la gloria de Dios conlleva necesariamente su vivencia, es decir, buscar cómo hacerle presente en el aquí y ahora de la realidad que cada uno de nosotros vivimos. No parece tener mucho sentido quedarse "mirando al cielo", ser simplemente un observador. Si realmente entendemos el mensaje de Jesucristo, tendremos que comenzar por transformar la realidad que nos ocupa a cada uno, hacer posible un mundo mejor no es una utopía bonita reservada a las candidatas a miss mundo, sino una llamada urgente para el cristiano que busca hacer de Cristo el fundamento de éste mundo. Pedro, Juan y Santiago son llevados por Jesús a lo alto de la montaña para poder contemplar desde esa altura dos cosas: la grandeza de Jesús en la transfiguración, y la necesidad de un mundo que ansía encontrar valores comunes y definitivos que den significado a la existencia última del ser humano. Aquellos apóstoles no comprendieron mucho el mensaje (como nosotros), no se trataba de quedarse allí, sino de que habiendo contemplado la gloria bajar de la montaña para ser transmisores y anunciadores de esa gloria contemplada y vivida. "Hagamos tres tiendas", quedémonos aquí y continuemos viviendo en el individualismo que nos asfixia y carcome nuestra obligación de ser auténticos hermanos. Vivir cada uno en su "tienda" es no haber comprendido el mensaje, acomodarse a ser predicadores de nosotros mismos buscando nuestra propia gloria. La "tienda" que Jesús propone es una tienda común, formada por todos, esa tienda bien podría ser la Iglesia, donde no debe haber glorias particulares, sino sólo una: la de Dios. Él mismo lo tuvo claro y, como nos dice el evangelio de Juan, "acampó entre nosotros", no se quedó en las alturas, sino que montó su tienda en medio del mundo, aún a sabiendas de que la única gloria que encontraría entre nosotros sería la de la cruz.

No podemos quedarnos mirando al cielo. La iglesia no puede ser una iglesia teórica, sobre el papel, una iglesia cuya palabra sea la condena. Lejos de eso, la iglesia está llamada a ser anunciadora de libertad y compromiso, de auténtica entrega y que camine en medio de los hombres. Una iglesia que no se quede contemplando el cielo. ¿Cómo es posible conseguirlo?, no olvidando que la Iglesia no es algo abstracto, sino que somos tú y yo; y estamos llamados a contemplar la gloria de Dios en las alturas para hacerla realidad en la tierra que pisamos y en los corazones de nuestros hermanos. No hay una tienda para cada uno, es la tienda de Cristo. Cuando entramos a un pub o a un restaurante de lujo, lo primero que nos encontramos en la puerta son las normas y aquel cartelito de "reservado el derecho de admisión". En la Tienda de Jesucristo la norma es la justicia, la verdad, la solidaridad y, en definitiva: la caridad. No existe ese cartel de reservado, el de Cristo es mejor y san Pablo lo expresa con mucha claridad: "Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo. Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos".