Es Navidad

02.01.2013 13:26

“La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación” (Benedicto XVI – Porta Fidei).
La Encarnación de Dios es un acontecimiento que trasciende la historia y posibilita la Salvación del ser humano. Dios no se muestra indiferente ante el sufrimiento y la esclavitud del hombre, sino que lo asume en su propia persona y decide redimirlo. ¿Por qué? Por puro Amor. La Historia de la Salvación nos muestra cómo el Padre, en diversos momentos y de diversas formas, toma partido por aquellos que están siendo oprimidos tanto por causas externas como internas. Lo externo es todo aquello que presiona la libertad del ser humano y mina su dignidad de “creatura”; lo interno hace referencia al pecado, entendido como el triunfo del mal frente al bien. En Cristo la lucha entre el bien y el mal comienza de nuevo, pero con una gran diferencia: el ser humano no está solo, es la presencia liberadora de Cristo quien le acompaña y le da la fuerza necesaria para poder vencer al mal.
Dios decide compartir la debilidad humana para transformarla, desde la libertad, en fuerza divina de liberación. Nadie puede decir que no puede dejar de hacer el mal; Cristo nace, muere y resucita para hacer posible esa victoria. En Belén de Judá encontramos el misterio de la fortaleza divina: la aparente debilidad de Dios. Un niño indefenso y unos padres tan confiados como temerosos ante el plan divino. La debilidad mostrada en Belén es el testimonio claro de que el Dios de Jesucristo, nuestro Dios, lo es de lo débil, de lo sencillo y de lo humilde. José y María no terminan de entender el plan divino, pero sí saben qué es lo principal: confiar en la Promesa.
Contemplar la estampa del Belén, es contemplar a Dios tendiendo la mano; es contemplar a Dios “a corazón abierto”. No podemos ser indiferentes a este misterio de Amor supremo, porque en él encontramos la profunda paz del corazón que sabe descansar en lo brazos protectores del Padre Dios. Una luz indica el camino al misterio. En la actualidad son muchas las luces que muestran e indican el lugar concreto donde se encuentra el misterio de la nueva encarnación diaria de Dios: los pobres, los humildes y los sencillos de corazón. Esa es la auténtica estrella: un corazón sencillo y humilde que abre sus puertas para ser el portal de hoy donde Dios se vuelva a Encarnar.
No es un tiempo de “ñoñerías” sin sentido; es un tiempo de Gracia, un tiempo de valentía ante tantos Herodes que siguen empeñados en acabar con el Amor de Dios. Pero la Esperanza de la victoria se manifiesta en la completa confianza en el misterio de debilidad y sencillez mostrado en Belén. Vayamos todos al encuentro del Salvador, seamos esos pastores que saben descubrir la fortaleza de Dios en la humildad de Belén. Desear Feliz Navidad es decir: Cristo está en tu corazón, déjale reinar y ser el Príncipe de la Paz.
FELIZ NAVIDAD