Comenzando, no empezando

24.08.2013 13:34

“Un sábado entro Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso este ejemplo:

Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro, y te dirá: "Cede el puesto a éste." Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que cuando venga el que te convidó, te diga: "Amigo, sube más arriba." Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido”.

Pronto comenzaremos un nuevo curso, un nuevo proyecto lleno de ilusiones, de esperanzas y, porque no decirlo, de proyectos que no son como nosotros esperábamos. Quizás porque la historia de nuestra vida no es tan nuestra como creemos, sino que es Dios quien va por delante marcando el sendero. Nuestra mirada del futuro es un tanto miope, es decir, miramos el futuro con valores de aquí y ahora; Dios conoce perfectamente ese futuro que para él es presente, por eso la mirada de Dios no es como la nuestra y sus planes, muchas veces, no son nuestros planes.

El Evangelio que nos presenta la Iglesia para este primer domingo de septiembre, bien podría servirnos a todos como una llamada de atención y un mensaje a tener presente durante el tiempo que ahora comienza. No buscar los mejores puestos es, sin duda, poner el acento en la necesidad de la humildad y el trabajo bien hecho. Nuestra sociedad nos presenta modelos labores de “ascenso”, nos dice constantemente: “eres más valioso cuanto más importante seas”. Jesús nos indica otro camino más duro y más valioso: el camino de la humildad, el camino del trabajo realizado por el simple gusto de hacer las cosas bien y no buscando la recompensa de otros.

Con otras palabras parecidas nos lo dice el libro del Eclesiástico en la primera lectura de este primer domingo de septiembre:

“Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios, y revela sus secretos a los humildes. No corras a curar la herida del cínico, pues no tiene cura, es brote de mala planta. El sabio aprecia las sentencias de los sabios, el oído atento a la sabiduría se alegrará”.

Jesús maestro procede en su vida mortal con estos parámetros como guías de su acción; la humildad le llevará a la cruz, la sencillez a rodearse de aquellos que la sociedad no quiere, la obediencia a buscar la voluntad de Dios y no la suya y la compasión a dar su vida. Sin duda, para la sociedad actual y los valores que intenta inculcarnos, este Jesús no sería más que un pobre “desgraciado”, iluso y fracasado… pero resulta que este “fracasado” es el Hijo de Dios vivo, es Dios mismo; el “iluso” es el único capaz de llenar los corazones de una nueva esperanza que no se agota ante las dificultades y, el “desgraciado” es la Gracia encarnada, el que ha vencido a la muerte y dado un sentido nuevo a la existencia humana.

San Vicente de Paúl, nos explica el significado más profundo de esta humildad y sencillez aplicable a nuestro trabajo y a nuestra vida en general:

“La humildad consiste en anonadarse ante Dios y en destruirse a sí mismo para agradar a Dios en el corazón, sin buscar la estima y la buena opinión de los hombres, y en combatir continuamente todos los impulsos de la vanidad. La ambición hace que una persona busque el renombre y que digan de ella: “Por allí va”. La humildad hace que se anonade, para que sólo se vea a Dios en ella y se le dé gloria a Él. La humildad dice deseo de ser despreciado, de que no hagan caso de uno, de que todos lo tengan a uno por miserable. Su lema es “honor y gloria solamente a Dios, que es el ser de los seres”. La humildad imprime en el espíritu estos sentimientos: “renuncio al honor, renuncio a la gloria, renuncio a todo cuanto pueda darme alguna vanidad. No soy más que polvo y corrupción. Sólo tú, Dios mío, eres el que tiene que reinar. Si en mí hubiese algo que no te pertenece, Dios mío, me despojo con gusto de ello para dártelo y anonadarme totalmente ante ti” (V Conferencia, 22-8-1659).

Sin duda estas palabras de San Vicente son fáciles de entender y difíciles de vivir, pero si algo nos enseñan los santos es precisamente que, con su testimonio como ejemplo, es posible vivirlo si la fuerza y la esperanza está puesta en Jesús, el Cristo y en su mensaje como guía de nuestra acción. No hay que tener miedo a fracasar, porque sólo fracasa quien lo intenta y sólo lo consigue quien lo intenta. Quien no lo intenta ni fracasa ni lo consigue, se queda donde está y su vida se convierte en inmovilismo, creyéndose libre se esclaviza de si mismo y, creyéndose importante demuestra su propia necedad.

Somos mensajeros del Evangelio, no enseñamos sólo contenidos sino vida y Verdad. No trasmitimos sólo conceptos sino valores verdaderos; no hacemos números para la sociedad, modelamos en la medida de nuestras posibilidades, siendo manos del verdadero Alfarero que es Dios, ciudadanos al estilo del Evangelio, al estilo de Cristo.

Que este nuevo curso que comenzamos nos sirva a todos, cada uno en su medida, para seguir profundizando, buscando, descubriendo y sobre todo: Amando.